Un lugar donde hacer conocer la tarea del Escritor, sometiéndolo al escrutinio público, única medida válida de la escritura.
Quién soy
- Jorge Martinez Jorge
- Punta del Este, Maldonado, Uruguay
- Escritor porque escribo, aunque no publique más que éstas piedrecitas que, como Pulgarcito, voy dejando en el camino. Eso es todo.
martes, 7 de mayo de 2013
OtroLunes para todos: http://otrolunes.com/27/
Está publicado el número 27 de la Revista Hispanoamericana de Cultura OTROLUNES, fundada y dirigida por el premiado escritor cubano Amir Valle y que cuenta con la colaboración de prestigiosos escritores de toda Hispanoamérica. Les invito a visitarla, bucear en sus páginas y descubrir un universo de literatura viva y actualidad social apasionante. El enlace a mi columna, en la Sección Otra Opinión, titulada "La Biblia y el Calefón" es el siguiente: http://otrolunes.com/27/otra-opinion/la-biblia-y-el-calefon/
miércoles, 24 de abril de 2013
Un breve discurso
He vivido bastante y sin
embargo viajado poco. De Japón, ni soñar. Sin embargo los caprichosos hechos me
pusieron allí. Hay una delegación comercial al país de los volcanes y los
cerezos, en la que los diplomáticos encargados de ella insisten en incluir
empresarios, asignándoles un cupo dentro de la misma. Son las organizaciones de
éstos quienes designan a sus representantes y vaya uno a saber por qué en éste
caso le ofrecieron un lugar a la que vagamente pertenezco y aleatoriamente represento
por el único y dudoso mérito de disponer del tiempo que otros no tienen. Son
apenas tres días, luego de un viaje monstruosamente largo, en los que nos
limitamos a ver pedazos de ciudad a través de ventanillas de coches oscuros y
de altos ventanales en oficinas inundadas de aire acondicionado.
La noche previa al
regreso, el Emperador en persona recibe a parte de la delegación, encabezada –
tan sólo una manera de decir- por quien, a falta de otra opción, funge de
Canciller de nuestra minúscula republiquita. El protocolo, sagrado entre
nuestros amables huéspedes, prevé un breve discurso, a lo más tres minutos, de
un representante oficial y otro del sector empresarial. En la tarde, el
Canciller en persona me comunica que quien había sido designado para acompañarle
en los discursos se ha indispuesto y no podrá ir, habiéndome designado para
ello. Me pide ajustarme estrictamente al tiempo asignado y la temática de
relaciones entre ambos países, y me deja con el pesado fardo sobre las
desprevenidas espaldas.
Abrumado, me pregunto qué
hago allí, en una habitación de un lujoso hotel nipón, pensando en una charla
que debí haber tenido con la dueña de una mirada que, desde allá lejos en mi
país, no me deja dormir en las largas noches orientales. Con un par de hojas en
la mano, redacto un breve discurso, apenas le doy un vistazo sin prestarle
atención, y doblado lo guardo en el bolsillo del saco que he de llevar al magno
evento.
A la hora indicada los
seis integrantes de la comitiva somos metidos en sendas limusinas de vidrios
oscuros y escoltados salimos hacia el Palacio donde se celebrará el encuentro.
Durante la próxima hora sonrío hacia derecha e izquierda sin saber a quién,
hago más reverencias de las que hice nunca en mi vida, me mantengo parado
cuando los demás lo hacen y me siento cuando los amables gestos indican que lo
haga. El Canciller, sentado a mi lado, frente al pequeño Monarca, me susurra si
he preparado el discurso, que ahora me toca, debo ir hasta el atril colocado a
un costado, flanqueado por sendas banderas de ambos países. Le respondo que sí
y cuando me lo indica, me levanto y camino, como si no fuera yo mismo quien va
dando los inseguros pasos hasta el podio. Un solícito señor de sonrisa perenne
ajusta la altura del micrófono y con gestos me invita a pronunciar el discurso.
Sin saber muy bien por qué saco las hojas del saco, las abro y dejo encima del
atril, miro hacia la distinguida y seria audiencia, hago un rápido repaso del
fasto que me rodea, propio de películas que tanto me fascinaban, las dejo a un
lado y comienzo a hablar. Me sorprendo haciéndolo sobre el poder y lo efímero
de la vida, cosa que seguramente no debía ser lo esperado. Hablo sin
escucharme, mirando alternativamente al Emperador, al resto de los asistentes,
en particular una joven que se sienta a la derecha de quien parece ser el
Primer Ministro y cada tanto, a nuestro Canciller que, tenso y con cara de
pocos amigos, me hace una imperceptible pero inconfundible seña que debo
terminar. Así lo hago, doblo las hojas sin usar, las coloco nuevamente en el
bolsillo del saco y vuelvo a mi lugar en la mesa. La indiferencia del Canciller
y las heladas sonrisas de los anfitriones más cercanos son una pista firme que
mi desempeño no ha sido el más indicado.
Recuerdo poco de lo
sucedido luego, apenas una vaga sensación -mezcla cansancio y fastidio- de las
interminables horas de avión y luego un viaje por barco para llegar a mi
ciudad, a donde arribo con las últimas luces de la tarde. El viaje a través del
río ancho como mar es relativamente breve y sereno, no obstante lo cual me mata
la ansiedad por llegar de una vez. La bruma de la tardecita cubre con un velo
la densa vegetación que parece avanzar sobre las aguas, imponente y
amenazadora, como si al llegar al pequeño atracadero, me estuviera metiendo
dentro de las fauces de un colosal monstruo hambriento de vidas humanas. Bajo
con mi breve equipaje, descarto el ofrecimiento de un taxi y salgo arrastrando
valija y cansancio por el empedrado, húmedo y oscuro, de las calles antiguas de
mi pequeña ciudad.
Entre ladridos de perros,
llego al fin a la puerta, tras la cual tengo la esperanza me esté esperando
ella, la dueña de la mirada que no me permite conciliar el sueño. Tras una
breve espera, aparece detrás del escondite de una luminosa sonrisa, me abraza y
se apura a cargar con la maleta para dejarla a un lado e invitarme a la mesa
donde tiene todo dispuesto para una cena de a dos.
Sentados ambos, con los
platos frente nuestro que inevitablemente irán a enfriarse, siento que debo -sin
más dilaciones- decirle lo que debí haber hecho antes de emprender el viaje,
pero, una vez más no logro articular ni una de las palabras del torrente que
pasa por mi cabeza. Aturdido, mientras ella sonríe como comprendiendo mi
confusión, acierto a meter la mano en el bolsillo y sacar aquellas dos hojas de
papel garabateadas que nunca usé y, sin pensarlo, comienzo a leerle lo que allá
lejos había escrito. Allí estaba todo lo que había querido decirle antes y no
sabía cómo. Una declaración de amor en toda regla, puesta por escrito, como no
había sido capaz de hacerla en palabras. Dice ella que fueron tres minutos,
maravillosos tres minutos.
sábado, 13 de abril de 2013
De sauces y romances
A esa hora en que el día se ha
desprendido de las últimas rémoras de la noche y ha entablado su diaria cita
con el sol de verano, el rumor suave del agua mansa que corre sobre el lecho de
límpida arena suena en mis oídos atentos como la melodía de la naturaleza
festejando la vida. A esa fiesta se suma una bandada de pájaros multicolores
que introducen sus dulces notas a la de la suave brisa en las ramas de los
árboles, apenas insinuada como una tenue caricia a flor de piel.
Sobre la orilla, los sauces doblan
sus sensuales ramas en un beso tímido, como acercándose en puntas del pie al
ser amado, receloso de quebrar la magia del momento en que sus hojas, por fin,
tocan el agua. Romance fugaz con esa frágil dama cantarina que toca, insinúa y
sigue su curso en la búsqueda de nuevas promesas.
Junto al rugoso tronco de ese sauce
llorón -por qué llorón si sólo hamaca suavemente sus elegantes ramas en un
eterno juego de seducción que convoca la risa y no el llanto- , mi cuerpo aún
recorrido por las gotas de agua, se tiende al placentero descanso de la sombra
refrescante, mientras veo sus cabellos que emergen y vuelven a ocultarse en la
corriente.
El primaveral cuerpo se entrega a la
voluptuosa caricia del agua fresca que parece querer detenerse un instante ante
tanta belleza. La sonrisa a flor de piel, la inocente risa franca que gorjea
junto a los trinos de una pareja de blanquirojos cardenales que se suman a la
celebración de la límpida mañana trocada en esplendente mediodía.
Cuando al fin comienza a salir del
agua, despidiéndose de sus caricias, mi vista recorre su tierna figura sobre
cuya dorada piel las últimas gotas se resisten a abandonarle. Apenas un
instante después, cuando frente a mi expectante impaciencia, por fin sus ojos
miel posan en mí su mirada de radiante felicidad, creo intuir que el paraíso
está allí, al alcance de la mano. De nada más necesita el espíritu para ser
feliz. Es ese momento mágico que la vida no podrá arrebatarnos nunca y que
vivirá en nosotros como una semilla, esperando caer en tierra fértil para
volver a germinar.
A aquél verano le sucedieron muchos,
las alegrías fueron tantas y tan distintas, como también las tristezas y
desazones que esa corruptora de esperanzas que es la vida, se encarga de
cargarnos. Cada vez que ello sucede, basta volver al rumor de los sauces y su
eterno romance con el agua que le acaricia, para devolverme gota a gota el
néctar de aquella felicidad celosamente guardada, junto a la imagen vívida de
una mirada color miel.
lunes, 8 de abril de 2013
Dos enormes ojos negros y una mariposa dibujada
El
murmullo era el clásico de todos los encuentros sociales donde todos hablan de
todo entre sí y nadie, o casi nadie,
escucha a nadie. La larga mesa poblada de opinantes hambrientos a la caza del
primer plato. El sonido de los cubiertos que lucha palmo a palmo con la
intrascendencia de las conversaciones de paso. El aburrimiento que me avanza
desde dentro como una hiedra que crece. Disimular, de eso se trata; hay que
parecer muy, muy interesado. Y cuando nada parece tener arreglo en una noche
para el olvido, hay un brazo perfectamente torneado terminado en una fina mano
que coge delicadamente una botella de un Tannat-Merlot y, por detrás de ella-
la mano- una voz dulcemente modulada que interroga retóricamente, porque el líquido
violáceo viaja incontenible a la copa que espera, ¿se sirve vino, Señor? Una sonrisa se vislumbra detrás de unos
blancos dientes apenas dibujados y la sombra de unas largas pestañas que apenas
disimulan una mirada fugaz e intensa, de un negro aterciopelado como la noche
que los postres del verano nos regala. Dos enormes ojos negros que sugieren una mirada y bastan para que la
noche se convierta en una larga espera de la próxima visita. Son dos mariposas
que, leves y sutiles, danzan entre las mesas, se posan y siguen aquí y allá
dejando el néctar de su luz, intensa, vibrante.
Es
la mariposa que asoma tímidamente sus alas del escote de la ajustada prenda
negra, dueña de todas las miradas, mostrando las puntas de sus multicolores
alas, mientras su delicado cuerpo se interna, imaginado y sugerido, en la
profundidad de lo adivinado.
Miradas
que sólo se interrumpen cuando en la delgada franja de piel que asoma entre su
ajustado pantalón a la cadera y la negra malla, dibuja un entramado de rosas
donde otras mariposas han bebido con antelación.
Nada
de lo que pase ya, ni los aplausos para los discursos ensayados al calor de la
copa repetida, ni las apasionadas argumentaciones de los vecinos de comida,
podrán distraerme un solo instante del intenso placer del goce del espectáculo
ofrecido -ignorado por todos- con el poder de quien se sabe poseedora del
mágico encanto de la seducción.
Seducción
que se repite en cada pasaje con una botella que viaja incansable, siempre
mesurada como si fuere una delicada coreografía de ballet, hasta la copa que,
como el corazón y la sangre desbocada, esperan con ansia una nueva gota de
placer. Seducción que se sublima con el sugerente aroma floral que apenas
disimula en el roce de las manos –no buscadas, deseadas- el otro aroma, el de la
fresca piel ofrecida.
A
los postres una nueva sonrisa cómplice, que es despedida pero no es, que se
sabe sugerencia sin serlo, caminando en la ambigüedad del deseo despertado, y
unas pestañas que cierran unos ojos negros que penetran como si fueran dos puñales.
La
vuelta de esa noche mágica, envuelto aún en el sueño de lo vivido, se torna una
película que pasa, cuadro a cuadro, frente a mis ojos para quedarse impregnada
en mis sentidos como si fuere el más intenso de los perfumes. Eran dos enormes
ojos negros. Y una mariposa que acompañará mi sueño, volando entre mis
fantasías, sabiendo que fue tan real como el aroma de esa piel de porcelana,
apenas sentida en el más fugaz y breve de los roces.
lunes, 25 de marzo de 2013
El frío en la mano
Hay un sofá, no muy
amplio pero suficiente para dos personas una junto a la otra, y junto a él una
lámpara de pie que derrama una luz amarillenta que se adhiere por la mullida alfombra
y las paredes pintadas de un color melocotón, en torno a los muebles de sobria
madera, mientras suena en el ambiente una música tenue, acordes de jazz o blues
que recorren las paredes como un interminable eco.
Frente a ellos
–ustedes, los padres- están sus hijos. Son mayores, habrán venido de visita,
como cada fin de semana. En otra habitación chisporrotea el jolgorio de niños
jugando. Quien esta a su lado es su mujer, su compañera. Están tomados de la
mano y ella le mira. Una y otra vez le observa fijamente; no parece escuchar lo
que usted está diciendo, usted tampoco parece darle importancia a lo que dice,
como sus hijos que le miran, en silencio. Hay algo de irrealidad en esa escena
tan común, de familia reunida. Las voces no parecen tener volumen; es como si
alguien hubiese apretado un botón y le hubiere sacado a la vida todo sonido.
Está usted con su compañera, con las manos enlazadas conversan, pero no parece
que usted sea escuchado. La sonrisa de su esposa tiene un algo de congelado en
el rostro, parece puesta allí para mostrarle que está junto a usted. Y luego
está la mano. Por ella penetra imperceptiblemente un frío glacial, como si
entre sus dedos tuviera un trozo de hielo. Mira a sus hijos y en ellos nada ve
que no haya visto siempre: jóvenes que van por la vida dando tumbos, siempre
corriendo, bebiéndose la vida de a borbotones, ansiosos por escucharse a sí
mismos. Mira otra vez el rostro de su compañera y un escalofrío -nacido de la
mano helada- le recorre la espalda, se le mete en los huesos, le paraliza la
sangre. Ella está muerta. Está junto a usted, le sonríe, en apariencia está escuchándole,
pero no, está ausente. Sin embargo, nadie parece darle importancia a lo que pasa. Únicamente
usted advierte que ella sólo parece
estar allí, viva, junto a usted y los demás. Sin embargo puede usted verlo con toda
claridad, con terrorífica y meridiana claridad: ella está muerta, no sabe cómo
ni cuándo, tampoco cómo es posible que eso esté pasando, pero es así. Quiere
esbozar una pregunta, llamar la atención de sus hijos, lanzar un grito,
cualquier cosa que signifique hacer algo para alterar la horrenda película en
la que todos parecen estar participando como protagonistas involuntarios, como
si todos estuvieran viéndose a sí mismo a través de una pantalla sin poder
hacer nada para saltarse a la realidad o salir de ella.
Los hijos han
intercambiado miradas -huidizas, nerviosas- y con el pretexto de atender a los
chicos, se han levantado y salido hacia la cocina cerrando la puerta tras de
ellos, dejándolo a usted a solas con ella -su señora- que sigue mirándole imperturbable,
la risa congelada en ese rostro que amó y ama, pero tras cuya mirada inerte
usted ve la sonrisa burlona de la parca, agazapada, las garras afiladas, gozando
su momento. Intenta soltar esa mano; quiere levantarse y hacer cualquier cosa
que rompa con esa imagen congelada que les ha invadido a ambos -juntos, pero
separados por el más insondable de los abismos, el único y definitivo que
separa la vida de la muerte, pero nada de ello es posible. Es como si esa mano
y su mirada le hubieren petrificado. No
puede dejar de estar allí y seguir mirándole, sin articular palabra, tan sólo
mirar sin ver la sonrisa transparente, etérea, sin contenido, de su esposa.
En la cocina los
hijos cuchichean; el varón pasa su brazo sobre los hombros de la hermana menor,
ella sostiene un pañuelo entre sus manos temblorosas, sus hombros se sacuden al
ritmo de un llanto apretado. No escuchamos lo que dicen, pero es claro hablan
de su madre, allí sentada, ausente, mirando hacia el vacío, con la mano
desmayada encima del sofá, como si ahora mismo estuviera viendo a su marido, al
padre de ambos, como si ello fuera posible aún.
domingo, 17 de marzo de 2013
Diálogos Celestiales: Crónicas de cuando los neo-populistas llegan al Cielo
Son las 17 horas del 5 de Marzo y
a las puertas del Cielo, enormes y etéreas, como flotando en el aire carente de
sustancia, ha llegado el Comandante. Allí no hay nadie que le reciba ni cartel
que diga qué hacer, únicamente un enorme aldabón con forma de aro, al cual el
recién llegado debe aferrarse para llamar a quien quiera que sea que esté del
otro lado de la puerta. Es que el Comandante ha tenido un largo viaje, muy
accidentado; cuando estaba para partir siempre aparecía alguna cosa que
intentaba retenerlo. Para peor, hacía mucho tiempo que él sabía le habían
sacado el boleto para el viaje, pero lo fue demorando todo lo que pudo, aunque
haya sido a costa de dolores sin cuento.
Ahora al fin ha llegado y está
llamando a la puerta, ansioso por saber qué o quienes estarán esperándole,
suponiendo como supone la noticia de su viaje se ha de haber desparramado por
todo el cielo y habrá millones de almas esperando para verle. Toca una vez y el
sonido, cantarín y juguetón, sale brincando entre nubes hasta perderse en los
confines del reino. Aguarda un momento sin que haya tenido respuesta y cuando,
impaciente, va a golpear una segunda vez, la enorme puerta comienza a girar
lenta y pesadamente, dejando ver una especie de camino empedrado de nubes, al
final de cuyo recorrido hay tres puertas, una junto a la otra, una más grande
al centro y las dos restantes, a derecha e izquierda, del mismo tamaño, tan
lejanas que no alcanza a ver qué dicen los carteles que cuelgan de ellas. A su
frente, un gigante barbado, vestido únicamente por una túnica blanca que se
confunde con las nubes, le examina de arriba abajo y le ordena pasar.
-Yo soy el Comandante…comienza a esbozar el recién llegado,
mientras atraviesa el enorme portalón, pasando junto al gigante que le deja a
él, tan luego, pequeñito a su lado.
-Sabemos quién es usted…lo sabemos todo…le dice el gigante…hace tiempo le esperábamos pero al parecer le han estado demorando.
Usted…es San Pedro? , alcanza a preguntar el Comandante,
aprovechando el silencio del gigante barbado.
Jajaja!...se carcajea él,
pero nooo, ¿cómo se le ocurre? Él no atiende a nadie personalmente, yo soy el
encargado de conducirle a donde esté dispuesto en cada caso. Vea, Hugo, déjeme
decirle algunas cosas antes de seguir el camino…le voy a llamar por su nombre
porque acá no hay grados ni jerarquías entre quienes llegan, entiende? Lo de
Comandante se queda allá abajo…, ahora me va a acompañar a la puerta del medio.
Es la del Purgatorio, y a cada lado, esas puertas más chicas, ¿las ve?, bueno,
la de la derecha es la que lleva al Paraíso y la de la izquierda es la del
Infierno – qué paradoja, no? ustedes allá abajo utilizan eso de derecha e
izquierda también- , el Infierno le decía…Dios me libre y guarde…espero no le
toque ir allí, dicen cosas muy feas de ése lugar.
A ésta altura del monólogo
recitado por el anfitrión, el alma del ex comandante anda ya bastante nerviosa,
desacostumbrada a recibir órdenes, hacerle esperar, cosas ésas para las que no
lo prepararon.
Cuando llegan ante la puerta del
medio, en cuyo centro cuelga un cartel indicando, en todas las lenguas
posibles, que allí es el Purgatorio, a donde vaya uno a saber por qué ha sido
asignado cuando él estaba seguro le correspondía la del Paraíso, sin más
trámite, que, suponía sin mucho asidero, debería estar a la izquierda y no a la
derecha como acaban de informarle.
-Pase Hugo…le dice el gigante en el momento que le franquea la
puerta. Tras ella se abren una serie de compartimientos, todos siguiendo una
ondulante línea hasta perderse en el horizonte celeste. –Como ya estábamos avisados que estaría llegando hicimos los
preparativos para asignarle su lugar…es el primero a la izquierda…pase
usted…tendrá por compañía a un viejo amigo suyo lo que le va a hacer más
llevadera la espera, que de aquí uno sabe cuándo entra pero nunca cuándo se
sale…vaya a saber…los tiempos del cielo no son los de allá abajo, aunque por lo
que sé ustedes también tienen algunos de ésos que los encierran y nunca saben
cuándo van a salir no? le dice el barbado guiñándole un ojo e indicándole
al huésped que espera, los que momentáneamente les pone – al barbado y al
huésped- en igualdad de condiciones en lo que a ojos se refiere.
El que espera y sale a recibirle,
con una media sonrisa entre alegre y amarga no es otro que su querido, su
dilecto y entrañable hermano camarada compañero Néstor…allí está con la mirada
extraviada envolviéndolo en un prolongado abrazo.
-Hugo!!!
-Néstor!!!
El abrazo se prolonga, ambos
ocultan el llanto que les recorre el alma despojada de cuerpo, apenas una
ilusión que les da forma e identidad a sus propios ojos.
-Hugo, hermano, qué pena hayas tenido que venirte, con todo lo que nos
quedó por hacer allá abajo, pero por otro lado me alegro tanto! Si tendremos
para conversar…con el tiempo que llevo aquí sin poder hablar con nadie…esperando
nada más…
-Néstor, qué sorpresa! Con Cristina te hacíamos en el Paraíso desde el
primer minuto…pero qué injusticia, chico…cómo te van a tener aquí…esto tiene
que ser un error…ya mismo voy a exigirle al barbudo éste que nos lleve con San
Pedro…estoy seguro que cuando nos vea y sepa quiénes somos nosotros de
inmediato nos hace llevar al Paraíso, en limusina y con habitaciones
presidenciales, faltaba más…
-Mirá ché Hugo, lamento desilusionarte, pero las cosas son más
complicadas por aquí…yo ya he tenido que ir a audiencia como una docena de
veces…apenas me dejan hablar, no me permiten nombrar abogados – dice que acá
nada tienen que hacer- y lo peor es el Fiscal…nos quiere para él y está
haciendo todo lo posible para mandarnos al Infierno…
-Pero Néstor, que eso no puede ser, chico! A ver quién ese tal Fiscal,
que tú y yo sabemos de métodos infalibles para solucionar éstas cosas, no? Me
extraña de ti que lo hiciste tan bien allá abajo y ahora te dejas manosear por
un fiscalito de tres al cuarto…
-Es el Demonio…Hugo…
-Será todo lo demonio que quiera…pero no hay uno de ésos que no tenga
precio…y si no funciona, nosotros conocemos otros métodos más expeditivos, no?
le apura Hugo.
-No Hugo, no, no has entendido…te digo que el Fiscal es Lucifer…Luzbel…Mefistófeles…
Satanás pues…¡el Diablo mismo!, el propio que nos quiere asar…
-Pero...pero, y por qué? balbucea Hugo, presa del
desconcierto…pensando a toda máquina…por aquí debe haber andado Míster Danger
metiendo la cola…ya se sabe, con los billetes del Imperio son capaces de
comprar al mismísimo Diablo…
-No sé Hugo, no lo sé querido amigo, yo hace tiempo que no pienso en
otra cosa…si yo estaba seguro que iba directo…pero bueno, parece que acá las
cosas son distintas…me han dicho tantas cosas…como que de lo que hayamos dado
allá abajo nos tocará el doble aquí y lo que hayamos negado, lo mismo…el
doble…y viste? acá, entre nosotros, algún pecadillo cometimos no?...a algunos
mandamos dársela, aunque bien merecido lo tendrían por fachos y reaccionarios,
digo yo! Ahora que eso no cuenta…no hay justicia hermano!
-Ah no! exclamó Hugo…eso sí que no…yo por lo menos tengo que estar a la
derecha del Libertador, ni hablar de menos…ya mismo vamos a exigirle al barbado
nos lleve con San Pedro así aclaramos éste malentendido…otra cosa no puede ser…
Inútil la rebatiña del ex
comandante, porque del gigante no quedan ni rastros. En ese despojado cubículo,
donde el tiempo parece haberse congelado, no queda nadie más que él y su amigo
Néstor, al que un aire de tristeza y resignación parecen haberle teñido la
expresión; nada más lejos de aquél formidable autoritario que supo ser allá
abajo…¡joderse con la muerte! Mira tú en
qué nos convierte…y todavía a esperar como si fuéramos cualquier piojo…
-Sí, Huguito querido, lamento decirte que es así…no tenemos derecho a
nada…mira, cuando llegué acá quise ver alguna gente amiga que yo suponía
deberían estar ya en el Paraíso o camino de él…pedí ver al Che, bueno, pregunté
por Ernesto claro está…por el General, Juan Domingo claro!...tampoco…me
ignoraron…a lo sumo el propio Diablo me guiñaba un ojo – que no sé si no se
estaba burlando de mí, por lo del ojo, viste?- y me decía que no podía
asegurarlo porque en sus dominios cada vez tenía más gente…de los más
encumbrados…pero que le sonaban esos nombres…así que tú ves por dónde va la
cosa…Pero bueno, mientras esperamos contame…¿qué es del hermano Fidel? ¿Cuándo
viene?
-Pahh…mirá Néstor…no sé…después de lo mío no sé si se va a querer
encontrar conmigo…ése parece haber hecho algún arreglo directo con el Fiscal
porque cualquiera diría que piensa quedarse allá abajo por los siglos de los
siglos…para mejor se aprovechó de mi estado y me impuso al platanote a cargo de
mi reino…ya ves tú a dónde iremos a parar…tú por lo menos dejaste a
Cristina…¡qué mujer hermano! No hay con qué darle…los tiene locos a
todos…bueno…los tenía porque ahora, cuando venía para acá me enteré de una muy
mala noticia…ya sabrás tú…
-Qué?...lo del traidor Garzón que anda queriendo ocupar mi lugar ya
sabes dónde? preguntó – rencoroso- Néstor.
-No, no, peor Néstor, mucho peor…el que manda acá nombró nuevo
representante allá abajo…y a qué no sabés qué? puso un argentino!!!
-¡¡¡Argentina nomá pa todo el mundo!!! saltó de gozo Néstor,
echando mano a la albiceleste que creía llevar puesta todavía…¡Ar-gen-ti-na!…¡Ar-gen-ti-na! que no ni
no…somos los más grandes…Gardel, Maradona, Perón y el Che…y ahora un Papa?
-Sí Néstor, Papa argentino sí, pero a qué no sabes quién?, preguntó
– misterioso- Hugo
-A ver…dejame pensar..nooo? Nooo!!! Bergoglio!!!
-El mismo, Néstor, el mismo…que cuando me enteré me quería morir, pero
claro, llegó tarde porque ya me había muerto…fijate que la bestia de Nicolás
llegó a decir que yo había intercedido para que lo nombraran…se precisa ser
subnormal para mandarse semejante estupidez…ja! El predilecto de Fidel…
-Pero ché Hugo, no puede ser! Y el resto de los hermanos revolucionarios
no hace nada?
-Qué van a hacer…manga de inútiles se la pasan lagrimeando…del Evo mejor
ni te cuento porque es para llorar…ya ves…los únicos que siempre caen parados
son nuestros hermanos los hermanos de la isla…con amigos como ésos quién
precisa de enemigos y yo, fíjate por dónde, que me creía muy vivo, me vine a
entregar en sus brazos, enterito y desnudo…te juro que cuando me abrazó el
diablo viejo me acordé de la historia del Judas y el beso a Jesús…bueno…ahí
estuvo bueno, me encerraron y de ahí para acá fue un viajecito sin retorno…-
monologaba Hugo- pero decime Néstor, y
ahora qué hacemos? Tenemos que hablar con Él sin intermediarios, estoy seguro
que voy a convencerlo que nos mande a la mejor suite…
-Pues hermano Hugo…no sé…no quiero desanimarte pero verlo a Él es
imposible y hablar todavía más…para mejor te tengo otra muy mala noticia…
-Qué Néstor, qué más?
-Del Diablo, parece que dos por tres hace arreglos con Él, directos…no
sé, pero se dice por aquí que cuando Él se quiere quedar con alguna almas, le
entrega dos o tres de peces gordos como nosotros al Diablo y a cambio Lucifer
le permite llevarse unas cuantas para su bendito Paraíso…yo la veo fea hermano…!qué
querés que te diga¡…si por lo menos pudiéramos llamar a un referéndum ya nos
arreglaríamos no? Pero acá no corre…así que a esperar…
-Néstor, hermano del alma…¿tú estás sintiendo olor a quemado como yo?...
Cuando ambos amigos discurrían de
tal suerte, el Diablo metió su cola y nos cortó la señal, así que lo que haya
seguido sucediendo con ambos no lo sabremos ya, a menos que podamos
comunicarnos otra vez, cosa difícil de suponer habida cuenta los estragos que
andan sucediendo por sus, ahora, pasados dominios terrestres.
(Continuará…)
sábado, 23 de febrero de 2013
Kristinita, la de Santa Cruz
Kristinita vivía en Santa Cruz
pero en 2003 se marchó,
todo el mundo supo por qué
a Buenos Aires ella se fue,
a su lado marchó Néstor
porque juntos soñaban el poder.
***
Kristinita, Kristinita
a dónde vas?
con tu traje de oligarquita
y tu manía de acusar?
***
De viuda, Kristinita se enamoró
del pilluelo Juez Garzón,
al espejo dijo: ¿qué hacer?
vieja y fea no me va a querer,
en el Imperio y con fortuna
toditita me podrán rehacer.
***
Kristinita, Kristinita
a dónde vas?
con tu traje de oligarquita
y tu manía de acusar?
***
Varias cirugías en París
arreglaron labios y nariz,
le plancharon toda la piel
del derecho y del revés,
le pusieron peluquita
y Armani en los pies,
en el brazo Luis Vuitton
y en las manos Cartier.
***
Kristinita, Kristinita
a dónde vas?
con tu traje de oligarquita
y tu manía de acusar?
***
A la vuelta tanto se peleó
con Clarín y La Nación,
contra Lanata y Moyano
que de vuelta se arrugó,
y por eso vieja se quedó
suspirando por el gaita
que a Madrid se marchó.
***
Ella enriquecía en Santa Cruz
pero ni El Calafate le bastó,
quiso gloria, poder y mando
a costa de cepo e inflación,
hasta que la gente se hartó
y exiliada la mandaron,
con su Amado Boudou
a la sufrida Santa Cruz.
***
Kristinita, Kristinita
a dónde crees que vas?
con tus cuentas tan llenitas
y tu manía de abusar?
***
Kristinita, Kristinita
¡cuánta soberbia singular!
un día te van a traicionar
sola, vieja y paranoica
no te va a querer ni Baltazar,
y cuando ese día llegue,
las maldades, ¿de qué te servirán?
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