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Punta del Este, Maldonado, Uruguay
Escritor porque escribo, aunque no publique más que éstas piedrecitas que, como Pulgarcito, voy dejando en el camino. Eso es todo.

miércoles, 12 de junio de 2013

La ventana habitada




El hombre llegó, cansado y somnoliento, a su habitación de hotel; un sexto piso a la calle. Sintió que ya había estado allí, en ese hotel, esa misma habitación, quizás porque todas parecen ser iguales unas a otras. Dejó su maleta al pie de la cama, el bolso de mano fue a parar encima de la minúscula mesa escritorio, los zapatos -aún con los cordones atados- liberaron sus pies hinchados y quedaron tirados de cualquier modo, como testigos de un cansancio viejo que nunca terminara de irse. Se aflojó la corbata y como un reflejo que siempre le acompaña, se arrimó a la ventana y descorrió la pesada cortina, dejando a la vista pasear libremente por la noche reflejada en los numerosos ventanales iluminados de los altos edificios, al otro lado de la calle.

Miró sin mirar, allí más abajo, a la izquierda, una pareja de viejos con un enorme perro a los pies, que miran televisión; casi frente suyo una adolescente en jogging baila al son de los auriculares puestos en sus orejas mirando al vacio. Lo mismo, repetido: una noche como cualquiera, en una calle como otras con gentes como todas las demás.

Pero no. Cuando tomó entre sus dedos la cortina para volverla a su lugar, sintió el peso de una mirada. Se detuvo en el gesto, levantó sus ojos y buscó en la selva de vidrio y luces esos ojos que sentía posados en su cuerpo, como si estuvieran llamándole. Un poco a la derecha unos dos pisos por encima, recostada al cristal de una puerta ventana de piso a techo, las cortinas abiertas, la imagen recortada en la semioscuridad de la minúscula terraza, en contraste con las luces provenientes del interior. Una imagen quieta, estática, con un cigarrillo consumiéndose entre sus dedos, estaba ella. El hombre, sin darse cuenta, había abierto en parte su ventana y una ráfaga de viento le hizo correr un escalofrío por el cuerpo. Tal vez no haya sido el viento, apenas un leve fresco en una noche primaveral que desmentía al invierno. Lo más probable es que fuera el desasosiego que le producía esa mirada quieta, inerte e inerme, fija, como si siempre hubiera estado allí, en las sombras, esperándole.

Era ella, no cabía dudarlo. A fuerza de soñarla conocía hasta el más mínimo de sus gestos, cada detalle de su rostro y sus cabellos, incluso la minúscula brasa roja que se aproximaba peligrosamente a sus largos dedos le resultaban familiares.
Se dijo, más bien se preguntó, si ella estaba esperándole, si seguía allí mirándole o solo miraba al vacio, tal vez algo, detrás suyo, de lo que él no atinaba a darse cuenta. Ensayó un gesto levantando una mano que quedó, muda en el aire, sin que al otro lado hubiera ni un signo de respuesta. Pero era ella, de eso no cabía duda alguna, tal como él sabía  que ella era. Esperó, enfriándose, sin atreverse a cerrar la ventana, a dar un paso o hacer un movimiento que pudiera romper el hechizo. No sabe cuánto estuvo allí.

Al cabo de un tiempo que pudo haber sido eterno, se abrió paso en su cabeza el martilleo del teléfono; de seguro la recepción para pedirle algún dato olvidado. Volteó hacia su izquierda, como queriendo decirle al aparato ahora no, no puedo atenderte y cuando tras ese fugaz instante su torso volvió a la posición original y con ella la vista hacia el frente, allí donde ella fumaba, nada había. La luz se había fugado, las persianas estaban bajas, ni el más mínimo rastro de que dentro hubiera ahora o haya habido antes signo alguno de su presencia.

Quién era esa mujer? Él la conocía, aunque nunca le hubiera visto, aún cuando no haya mirado su rostro sino apenas adivinado, igual estaba seguro que le conocía, no de ahora, sino de antes, desde mucho antes, pero, ¿de dónde? y ¿de cuándo? ¿Es que acaso se lo había imaginado? Miró la pequeña pantalla del radio reloj encima de la mesilla de noche, pasadas las once nada le decía. Obedeciendo a un impulso del que no conocía el origen, como si alguien le estuviera indicando ahora debes hacer esto, sigue por aquí o por allá, fue hasta el teléfono y disco el "0" para la recepción. A qué hora ingresé, si exacto, quiero saber a qué hora me registré. Si, espero. Gracias. Si? Veinte y treinta dice? Bien, gracias. Dos horas y media desde que llegó a la habitación y se asomó a la ventana. Dos horas y media de las que ahora no sabía cómo habían transcurrido. ¿Es que tal vez se había quedado dormido y simplemente fue un sueño? La ventana donde había visto -o soñado que vio- a la misteriosa mujer, permanecía indudablemente oscura.

Sin saber por qué, de vuelta empujado por un impulso que le mandaba saber qué misterio encerraba ese sueño que serlo no podía -él no recordaba haber dormido y la cama no tenía huella alguna de que siquiera se le hubiera tirado encima-, se calzó y bajó  hacia la planta baja. Salió a la calle, a la noche todavía templada, llena de parejas y grupos que por aquí y por allá iban y venían hacia sus lugares de diversión, propios del viernes a la noche. Cruzó la calle y fue hacia la puerta del edificio señalado, buscando en el piso ocho, donde debía estar el departamento de la ventana ahora cerrada. Se inclinó sobre el portero eléctrico. En uno  de los dos pequeños rectángulos blancos del octavo – en el otro un par de apellidos italianos desconocidos-, había un agujero, como diciendo no existo, no insistas, única de las veintidós unidades del condominio sin una sola identificación.

Hubo de vencer la desconfianza y el temor del portero, a lo que tal vez haya ayudado los modales educados y ceremoniosos del visitante, tanto como el color verde del billete que discretamente deslizó en su mano al consultarle qué deseaba. La ventana está sobre la izquierda del edificio, piso 8 dice? Pues, no señor, debe estar equivocado, ese departamento está desocupado desde hace años; allí vivía una mujer sola, hace mucho sí, ahora sólo viene cada tanto una sobrina a hacer una limpieza y se va. Qué cómo era la señora, dice usted. Pues, diría que todavía joven, unos cuarenta, cuarenta y poco, vivía sola sí, pues no lo sé señor, debía ser divorciada o viuda tal vez, yo no lo supe, era muy reservada ella, apenas salía, le traían la compra al departamento, muy de vez en cuando salía, no más allá de la esquina  para comprar sus cigarrillos, americanos con filtro, esos mismos, largos, fumaba todo el día la señora. Que qué pasó con ella? Bueno, pero usted pregunta mucho, no? Que podría tener una atención más por las molestias? Bueno, no me malinterprete, pero una ayudita nunca viene mal. Sí, usted me preguntaba sobre qué había pasado con ella? Que cuánto hace que no la veo? Bueno, no sé con exactitud, pero desde que pasó lo que pasó. Si, muerta, claro. Cayó desde la terraza de su departamento. De noche, si. Hace años. No, no sabría decirle cuánto hace de ello. Que ésta noche estaba la luz  encendida, dice usted?. No, mire señor, me parece que usted se equivoca, allí no podía haber nadie, no hay nadie, me entiende. Mire, usted me cae simpático, sabe? Venga, tengo llave del departamento, vayamos y lo ve por usted mismo, no hay nadie allí. Sólo le pido darle una mirada nada más y luego volvemos, eh? arriesgo mi empleo, sabe? 

Ascensor, veinticinco segundos exactos, un corto pasillo, la pequeña luz que ilumina débilmente la cerradura, la mano hábil del portero que abre, le recibe la penumbra, silencio y oscuridad. El portero enciende una luz lateral. A su frente un ambiente grande, dos puertas a la derecha, de seguro hacia los dormitorios y cocina, al fondo la puerta ventana que da hacia la terraza, cerrada, casi totalmente. Un débil movimiento de la cortina delata que la ventana no ha sido correctamente cerrada.


Un silencio pesado, húmedo, viejo y pegajoso, como si fueran miles de telarañas pegándose al cuerpo de los intrusos. Flotando en el ambiente, el aroma de los cigarrillos rubios, americanos, de los que él no fumó nunca pero puede identificarlos casi como si le acompañaran desde siempre. En el rincón, al lado de la puerta ventana, una planta, silenciosa e indiferente, misteriosa como quien habría sido su dueña, y sobre la maceta una colilla, recién apagada. La boquilla todavía mojada, húmeda de saliva. Dice el portero que no puede ser, allí no vive nadie. Desde hace años, nadie. No, no puede ser, bajemos señor porque no puedo estar aquí con usted, debo volver. Sí, claro, gracias, gracias, volvamos, dijo el hombre, envolviendo la colilla entre sus dedos, las manos en los bolsillos, desconcertado. 

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