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Punta del Este, Maldonado, Uruguay
Escritor porque escribo, aunque no publique más que éstas piedrecitas que, como Pulgarcito, voy dejando en el camino. Eso es todo.

sábado, 23 de febrero de 2013

Kristinita, la de Santa Cruz





Kristinita vivía en Santa Cruz
pero en 2003 se marchó,
todo el mundo supo por qué
a Buenos Aires ella se fue,
a su lado marchó Néstor
porque juntos soñaban el poder.
***
Kristinita, Kristinita
a dónde vas?
con tu traje de oligarquita
y tu manía de acusar?
***
De viuda, Kristinita se enamoró
del pilluelo Juez Garzón,
al espejo dijo: ¿qué hacer?
vieja y fea no me va a querer,
en el Imperio y con fortuna
toditita me podrán rehacer.
***
Kristinita, Kristinita
a dónde vas?
con tu traje de oligarquita
y tu manía de acusar?
***
Varias cirugías en París
arreglaron labios y nariz,
le plancharon toda la piel
del derecho y del revés,
le pusieron peluquita
y Armani en los pies,
en el brazo Luis Vuitton
y en las manos Cartier.
***
Kristinita, Kristinita
a dónde vas?
con tu traje de oligarquita
y tu manía de acusar?
***
A la vuelta tanto se peleó
con Clarín y La Nación,
contra Lanata y Moyano
que de vuelta se arrugó,
y por eso vieja se quedó
suspirando por el gaita
que a Madrid se marchó.
***
Ella enriquecía en Santa Cruz
pero ni El Calafate le bastó,
quiso gloria, poder y mando
a costa de cepo e inflación,
hasta que la gente se hartó
y exiliada la mandaron,
con su Amado Boudou
a la sufrida Santa Cruz.
***
Kristinita, Kristinita
a dónde crees que vas?
con tus cuentas tan llenitas
y tu manía de abusar?
***
Kristinita, Kristinita
¡cuánta soberbia singular!
un día te van a traicionar
sola, vieja y paranoica
no te va a querer ni Baltazar,
y cuando ese día llegue,
las maldades, ¿de qué te servirán?
*** 

jueves, 14 de febrero de 2013

El regreso del Comandante

Versión libre no autorizada del cuento de H.C.Andersen "El vestido del Emperador", adaptada a caribeñas realidades actuales, que a buen entendedor...


Hace muchos años, en una bella nación caribeña, vivía un Dictador elegido por su amante y amado pueblo, con especial debilidad por los trajes caros, relojes exclusivos y automóviles de lujo, pasión sólo opacada por su afición a los interminables discursos, a los que el pueblo asistía durante horas cada semana y en la que él daba rienda suelta a su megalomanía. Con un discurso para cada día y hora, de la misma manera que de un mandatario se dice “está en Consejo”, de él se decía ¡el Comandante está en Cadena!
Un día viajó a una nación vecina, con quien otrora, antes que él se hiciera del poder, habían estado en guerra. No obstante, esa isla era gobernada desde hacía décadas por un par de pícaros por quienes el Dictador sentía admiración, porque se preguntaba cómo podría él asegurarse tantos años, prescindiendo de oposiciones y prensas críticas tan molestas y sin tener que recurrir a fastidiosas farsas electores periódicas. Él quería ser como los pícaros hermanos y tendría que aprender de ellos.
Los pícaros hermanos, cuyo reino languidecía en la miseria y apenas si se las ingeniaban para costear sus propios lujos, tenían desde hacía mucho entre cejas las riquezas del reino de su nuevo amigo y futuro discípulo. Cuando nuestro Dictador les desveló sus ambiciones, los hermanos le dijeron que contara con ellos; si se avenía a aplicar su plan estrictamente le aseguraban no sólo todo el poder en su nación por siempre sino además, utilizar las riquezas del reino para dominar el mundo. El delirio de grandeza de nuestro Dictador se vio, al fin, comprendido en plenitud y se puso de inmediato en manos de sus flamantes amigos y consejeros.
En los años siguientes todo transcurrió tal como sus mentores le habían predicho; no sólo había logrado poner a la tropa de su lado –apenas algunos pocos disconformes que con un poco de mazmorras se curarían- a tal punto que solía darse grandes baños de masas en los que su amado pueblo le manifestaba su idolatría, compensada con algunas vagas promesas y sus ya famosos discursos de grandeza planetaria, sino que además, haciendo valer sus inacabables riquezas había ido haciendo cada vez más reinos adictos dependientes de su dinero.  Los pocos terratenientes y burgueses que subsistían, intrigaban y se entregaban a pactos con el Diablo del imperio del norte, enemigo jurado de nuestro Dictador, pero naufragaban en su propia futilidad. El pueblo amaba al Comandante.  
Cuando creía que el plan funcionaba a la perfección y que superaría a sus maestros, sin enemigos a la vista capaces de hacerle sombra, se le presentó uno que ni él ni los mentores podrían haber previsto: la Muerte tocaba tempranamente a su puerta vestida de un feroz cáncer.
Sin nadie en quien confiar en su reino, todos intrigantes potenciales lacayos del imperio, no le quedaba sino peregrinar donde sus mentores, quienes habrían de conseguir corregir tamaña injusticia. Él recordaba que hacía pocos años el pícaro mayor había pasado por una situación similar y vaya a saber cómo, valiéndose de qué malas artes, había logrado engañar a la parca.  Aterrizado que fue en tierras amigas, el par de pícaros comprendió inmediatamente que lo que las armas no habían podido décadas atrás, ahora se les presentaba en bandeja de plata. El pícaro mayor convenció a nuestro Dictador que él tenía la solución a sus males y le confinó en su más renombrada Clínica, directamente bajo su férula.
Los pícaros sitiaron el lugar, instruyeron a los médicos de mantenerle vivo pero medio muerto todo lo que fuera posible, mandaron ejecutar unos cuantos médicos y trabajadores de la clínica para que los demás tuvieran claro que la más mínima sospecha de infidencias serían castigadas con la muerte, y ya con el Comandante secuestrado en su lecho de muerte, se abocaron a la siguiente etapa de su maquiavélico plan. Llamaron a Palacio a los más directos colaboradores del Dictador, que en adelante deberían peregrinar semanalmente a recabar instrucciones y rendir cuentas, y luego de elegir en quién depositarían la tarea de cubrir la falta del Comandante en su reino – recaída en el más inepto y obsecuente de ellos, incapaz de pensar por sí mismo y manejable a su antojo- , a la par que amenazaban a algún otro cortesano con veleidades de poder, y así se puso en marcha la fase final del plan.
Tal como explicaron una y otra vez al gigantesco acólito del Comandante, un poco lerdo de entendederas como para comprender y memorizar el plan de primera, el mismo consistía en planificar el regreso triunfal del Comandante al reino, para lo cual los médicos y brujos a su servicio habían obrado milagros, con la única salvedad que el Comandante había adquirido “la maravillosa propiedad de volverse invisible e inaudible para todos aquellos que no fueren merecedores de su cargo o que fueran demasiado tontos para gozar del privilegio de vivir en el reino”.
Para corroborar habían entendido cabalmente, cada uno de los cortesanos autorizados a viajar al reino anfitrión, fue llevado personalmente a la Clínica  por los pícaros, quienes les conducían a la habitación especial donde convalecía el Comandante. Allí, en una cama que para miradas comunes y desprevenidas estaba vacía, reposaba el dictador, totalmente curado, como podían verlo con sus propios ojos. ¿Verdad que se ve totalmente curado?, le preguntarían los pícaros a cada uno de ellos, y de cada uno que nada veía, temerosos de que se les considerara tontos de remate, recibían las mismas respuestas, que sí, que por cierto era milagroso, se veía mejor que nunca. Los osados pícaros necesitaban estar seguros que los cortesanos habían entendido, por lo que les instaban a hablarle al Comandante, háblale chico que él te escucha y ha de responderte, breve te responderá porque todavía está bajo prescripción médica y no puede fatigar la voz. Tal como los pícaros preveían, todos y cada uno de los cortesanos visitantes salían de la habitación relatando lo bien que habían visto a nuestro Comandante, y qué interesante charla habían mantenido, se veía que el Amadísimo Líder se mantenía al corriente de todo lo que pasaba en su reino.
 Habría una única condición innegociable impuesta por los pícaros, de la que dependía seguir adelante con el plan, y por tanto, la subsistencia de los cortesanos favorecidos: debían enviar un cargamento diario de su oro al reino de sus protectores, riqueza que sería administrada exclusivamente por éstos.
Cuando se hubieron ajustado todos los detalles, se hizo conocer a los pregoneros de ambos reinos, con el avieso propósito que éstos hicieran circular la noticia urbi et orbi, de manera que los agoreros del imperio y sus lacayos se quedaran con tres palmos de narices: el Comandante regresaba a su reino, sano y salvo, como podría verlo cada súbdito que concurriera a recibirle al apoteótico acto de bienvenida, a cuya organización contribuyeron los consejeros designados por los propios pícaros, para que al gigantesco acólito designado no se le escapara detalle alguno.
El pícaro menor, encargado de todos los detalles, adelantó al cortesano designado que él en persona acompañaría al Comandante, quien por precaución, viajaría en una silla y en ella bajaría del avión, para luego ser izado en el vehículo descapotable por donde sería paseado para regocijo de su amado pueblo, no sin antes volverle a reiterar era preciso que por todos los medios, en cada oportunidad y circunstancia, se le recordara a los súbditos que el milagro de la curación total y definitiva del Comandante se había obrado, bajo la condición de que había adquirido “la maravillosa propiedad de volverse invisible e inaudible para todos aquellos que no fueren merecedores de su cargo o que fueran demasiado tontos para gozar del privilegio de vivir en el reino” .  Vale decir que la condición de no ver o escuchar al Amadísimo Líder, estaría reservada a tontos y declarados enemigos vendidos al imperio.
Durante las semanas siguientes, previas al regreso, el gigantesco cortesano y sus adláteres, se pasearon a lo largo y ancho del reino, por todos los medios posibles, repitiendo como un mantra a los queridos compatriotas que el milagro se había obrado y en pocos días más el Amadísimo Líder retornaría a la Patria totalmente curado, con la salvedad que el pueblo debía saber, y hacérselo saber a todos y cada uno de los súbditos en cualquier rincón que éstos estuvieran, que el Comandante había adquirido la propiedad divina de volverse invisible e inaudible a quienes no fueran merecedores de él.
Una impresionante caravana de vehículos militares, por tierra y aire, acompañaron el enorme vehículo blindado donde los pícaros decían trasladar al Comandante, de la Clínica cuartel directamente al aeropuerto.
Se había citado al pueblo del reino para temprano en la mañana del domingo en el que arribaría el Comandante, totalmente repuesto de su enfermedad, tal y como lo habían predicho y dicho hasta el cansancio los cortesanos del dictador. En ese día radiante de sol nadie quedó en sus casas, muchos porque querían ver el fenómeno por sus propios ojos y otros porque no querían que los vieran ausentes, que ya se sabía el brazo del Dictador era largo y tenía ojos y oídos por todas partes. Los que pudieron llegar al aeropuerto y tenían recursos suficientes, sobornaron funcionarios que les permitieran acercarse lo más cerca posible a la escalerilla por donde habría de descender el milagro viviente del Dictador que regresaba de la muerte. Los menos afortunados, que aún en el reino de la igualdad y justicia en que la patria se había convertido, siempre los hay, debieron conformarse con sumarse a los multitudinarios cordones humanos que bordearían autopistas, calles y avenidas, plazas y cuanto lugar público hubiera en el reino.
Nunca en la historia del reino se había juntado una muchedumbre tan grande, allí donde se mirara la tierra se había teñido de rojo, no porque se derramara sangre – no ahora- sino porque ese era el color favorito del comandante redivivo. Las gloriosas Fuerzas Armadas de la Patria habían desplegado todo el poderío de su renovado armamento, obsesión del megalómano, y mientras las multitudes a lo largo y ancho del territorio aguardaban a que los cielos se abrieran para dar paso al avión que traería la preciosa cargo, los acróbatas del aire dispuestos por los cortesanos entretenían a la muchedumbre escribiendo loas al Amadísimo Líder en el azul del cielo patrio, nunca tan azul ni tan patrio.
Cuando al fin se divisó en el horizonte la figura del enorme pájaro escoltado por los rapaces cazas de la Fuerza Aérea, la multitud estalló en un solo grito que hizo temblar la tierra del reino, casi al borde del sismo, cantos y consignas difundidas por la vasta red de altoparlantes y coreadas a voz en cuello por el gentío enfervorizado. Ello hasta que, luego de una vuelta sobre el aeropuerto, la nave se posó suavemente sobre la pista y en minutos que se hicieron eternos, carreteó hasta su ubicación final junto a la escalerilla recubierta de rojos brocados, como la interminable alfombra roja por donde pasaría la silla del Líder, porque desde ese momento ganó a las multitudes un silencio sepulcral, palpable, expectante, la tensión flotando en el ambiente.
Cuando al fin se abrió la portezuela y de ella emergió la imponente silla recubierta de oro, y detrás de ella la figura chaparrita del pícaro menor, las multitudes estallaron en un solo grito: un ensordecedor y sonoro ¡Salve Comandante! que los altavoces habían estado repitiendo desde hacía semanas, día y noche.
Poco a poco volvió a hacerse el silencio, y tras él el pícaro menor saludó al glorioso pueblo hermano del reino amigo y a continuación confirmó al pueblo ansioso que el Amado Líder, allí a su derecha como todos podían apreciarlo, por recomendación de sus médicos, habría de dirigir un breve saludo a sus queridos hijos y hermanos, que eso era el pueblo para él, y luego habría de retirarse a descansar, ya que el viaje habría de haberle resultado cansador.
Se hizo un silencio aún más espeso, tras el cual todos dijeron haber escuchado la inconfundible voz del Comandante agradeciendo la bienvenida de su amado pueblo, prometiéndoles vida eterna y felicidad para todos hasta el fin de los tiempos. 
A continuación, el Jefe de las Fuerzas Armadas y el Cortesano designado leyeron sus breves alocuciones correspondiente al anhelado retorno del Amado Líder, cuyo contenido habían acordado con el pícaro mayor, y luego se dio paso a la lectura de un texto laudatorio por parte de un alumno de la escuela que ostentaba el nombre del Comandante, y en cuya fachada, como en las demás de todo el reino, relucía una gigantesca estatua del Prócer de la Patria, reproducida luego en Escudos, billetes y monedas, tapas de cuadernos y libros de texto.
Las miles de cámaras y flashes, y los miles, millones de ojos del pueblo enardecido, se fijaron en el pequeño, que ataviado de rojo para la ocasión, en postura marcial aunque le flaquearan las rodillas, se paraba firme frente a un micrófono, mientras levantaba sus papeles con pulso  tembloroso y sus ojos, tímidos y respetuosos, elevaban la mirada temerosa hacia la silla donde vería al fin, al Amado Líder.   
La exclamación salió espontánea de su boca y resonó, con un eco de devastación y muerte, por los más recónditos rincones patrios: ¡¡¡La silla está vacía!!! ¡¡¡ El Comandante no está!!! alcanzó a decir el niño, antes que la emoción diera con él por tierra. Cientos, millares  de niños, se plegaron al grito la silla está vacía, la silla está vacía, antes que el pícaro menor mandara callar a la multitud y en tono marcial que no admitía réplicas, ordenó: la función debe continuar.
Los Generales, los Cortesanos, los funcionarios de mayor jerarquía, todos creyeron ver cómo el Comandante, arrogante y majestuoso, empuñaba él mismo la silla imperial y retomaba la marcha triunfal por encima de la alfombra roja de su definitiva victoria.

martes, 20 de diciembre de 2011

A cota vertical 24,14 metros



A cota vertical 24,14 metros, eso dicen los papeles que firmamos cuando compramos el departamento con ella, años ha claro está, un noveno piso vista al mar. Porque ahora ella no está, se ha ido, me dejó, abandonado y solo, como suele decirse. 
Fueron años felices, por lo menos eso creo yo; tal vez sólo haya querido creerlo porque aún cuando ella estuviera sonriendo, en el fondo de sus ojos marrones con destellos de oro, había un poso de tristeza al que nunca pude llegar, ni siquiera queriendo, como quise, descender juntos. Ese pozo debía ser muy profundo, muy propio de ella y su pasado, como para compartirlo con nadie, tampoco conmigo a pesar de haber compartido tantas otras.  Tal vez sea cierto que es más fácil compartir las alegrías que las penas.
Luego están los hijos, los hijos que no vinieron, una y otra vez esperados, y ella que madre quería ser, y no podía, no podría serlo. Años de tratamientos, suyos, juntos, para nada. De alternativas nunca quiso siquiera oír, debían ser sus propios hijos o no lo serían. Y tras ello, comenzó a llegar el invierno, a nuestra cama, a nuestras almas frías y doloridas, incapaces de unirse en el dolor. Ella refugiada en su pena y yo incapaz de saltar el muro para abrazarla en su propio terreno, prisionero yo también de mi propia desazón, cada vez más, ahogada en alcohol y – pobre sustituto- mujeres fáciles.
No lo pudo soportar, aunque nunca dijo nada, apenas  el mudo reproche asomando de sus ojos cansados. Y un buen día desperté envuelto en resaca, solo, la mitad de la cama vacía, la mitad toda del departamento vacío de ella, nada que me dijera: ha de volver. No dejó, no quiso dejar, una nota, un mensaje, una explicación, tan sólo se marchó. El cierre de su cuenta bancaria días antes, el pasaporte renovado hacía un mes – según pude averiguarlo – y la inexistencia de pista alguna que pudiera decirme a dónde se había ido, eran pruebas más que suficientes que la decisión había sido largamente madurada y por lo mismo, irreversible.
Pagué abogados y detectives, acudí a la Policía y a cuanta oficina me pudiera dar algún dato, pero todo fue inútil. Al cabo del tiempo, hube de resignarme, pero lo único que nunca me atreví a tocar fue nuestro dormitorio – sigo diciendo nuestro aunque el nuestro esté tan lejos en el tiempo- , la misma cama, las mismas cosas en sus mismos lugares. Cada día al despertar, de los tantos días pasados desde entonces, me parece siempre he de encontrarla a mi lado, más no, esa media cama vacía me repite, día a día, que ella no volverá nunca.
De un tiempo a ésta parte me ha dado por pensar ella está allí, a mi lado, casi puedo sentirla respirar, el aliento cálido de su respiración pausada, dormida, que acaricia mi cara. Desde entonces, no sé cuánto tiempo ya, he colocado de su lado una almohadas cubiertas con el acolchado, tal que quien entre en el dormitorio, creerá hay allí una persona durmiendo. A mí mismo, cada vez miro hacia allí, me parece ver moverse ligeramente la superficie del acolchado con la respiración de ella durmiendo. A partir de ese momento, he prohibido a la chica que dos veces a la semana pone un poco de orden y limpieza, a que ingrese al dormitorio. Ese es terreno vedado. No quiero ni soporto que nadie viole el pacto que he hecho con su espíritu, el que estoy seguro no se ha ido nunca de allí, o tal vez ha vuelto para decirme algo que todavía no he podido entender.
Hoy he abierto la ventana y corrido las cortinas, siempre cerradas, para que entre un poco de aire fresco. La tarde tocó a su fin y el calor del verano se ha hecho sentir, demasiado para mi gusto. Al pasar junto a su lado, como me sucede con frecuencia, tal vez producto de la creciente oscuridad que se cuela por la ventana y trepa por las paredes, me ha parecido que debajo del acolchado algo se ha movido. He llevado la mano hasta casi tocar allí donde, de estar ella, estaría su cabeza dormida, sus cabellos cobrizos cayendo sobre su cara. Como otras veces, se detuvo mi mano, perdida la voluntad, a escasos centímetros, temerosa de sentir bajo sus dedos una simple almohada. Me he arrimado a la ventana abierta a la noche, el tráfico nocturno con la riada de coches devolviendo vidas a sus hogares allí abajo, a mis pies, y esa sensación que me invade, como en cada oportunidad que me arrimo al vacío, que hay algo que me llama e impulsa a dar un paso más, el último y definitivo.
No me sorprendió sentir una mano en mi espalda. Tal vez la haya estado esperando  durante todo ese tiempo de su ausencia, esa mano que se posa firme y empuja resueltamente, mi cuerpo doblado sobre el borde inferior. Me siento caer y pienso que a cota vertical 24,14 metros estuvo siempre mi destino. Está allí todavía.       

miércoles, 30 de noviembre de 2011

Un señor Tal

Escrito bajo el influjo de una noticia que no debió ser tal.







El señor Tal es un hombre afortunado. Vive en una muy buena casa, hecha a su gusto y el de su esposa, en un buen vecindario, cercano al mar y rodeado de grandes arboledas y primorosos jardines. En su amplio garaje suelen dormir dos vehículos de última generación, uno de ellos el que le lleva y le trae, diariamente, a su empresa. Sin que reine la ostentación, en su casa se respira comodidad y seguridad, la que proporciona un buen pasar, salud bien cuidada y educación a salvo de mediocridades públicas.
El señor Tal sabe bien que su ciudad, en la que creció y vivió su más de medio siglo recorrido, ha dejado de ser, lenta pero inexorablemente, el remanso de paz que algún día fue. Ese barrio donde las puertas permanecían sin llave y los automóviles ni siquiera se trancaban, ha quedado muy lejos en la memoria. Sus dos hijos, veinteañeros, creen que ese cuento, por repetido, es sólo una idealización de un pasado que nunca existió. Pero claro que era así! El señor Tal bien lo sabe, como lo sabe su señora, también ella acostumbrada a que alarmas y rejas fueran palabras extrañas, algo que sólo se sabía debían usarse en grandes ciudades donde la violencia era el pan suyo de cada día.
Hace apenas unos meses, también sus hijos comprendieron cuánta razón les asistía a sus padres, y que la sensación de inseguridad que les embargaba, a la que la prensa machaconamente acudía cada día, no era simplemente una sensación de personas invadidas por manías persecutorias, sino una triste realidad que venía a golpearles justo donde más les podía doler: en el centro de sus vidas, la de las certezas y seguridades.
Sucedió una noche cualquiera cuando el señor Tal regresaba desde su empresa, ingresado al sendero interior cercado de rejas y cuando accionaba el control remoto para abrir la puerta e ingresar el vehículo, se encontró con una mano que le colocaba un arma en la sien. Desde ese momento y en cuestión de segundos, su vida giró como un verdadero torbellino y cuando quiso darse cuenta de lo que estaba sucediendo, los encapuchados – gente joven sin duda, muy nerviosos y peligrosamente dispuestos a la violencia gratuita- les habían atado, a él, a su esposa y a sus dos hijos, brutalmente amordazados, mientras desvalijaban la casa. Todo sucedió en segundos, durante los cuales un intento suyo por reaccionar fue abortado con un par de violentos culatazos en la cabeza que le costaron al señor Tal una cicatriz que aún permanece al tacto de sus dedos en el cuero cabelludo.
Hubo denuncia, se sucedieron promesas de aclarar el caso por parte de la policía, algún detenido por las dudas también y tiempo después, un par de jóvenes menores de edad, imposibles de reconocer, fueron declarados culpables y enviados al Instituto que, supuestamente, el Estado dispone para su reinserción a la sociedad. Unas semanas después, otra vez los presuntos malhechores estaban en la calle, fugados como casi todos ellos sin que nadie hiciera nada por detenerlos. Explicaciones muchas, soluciones ninguna.
Mientras tanto la señora de Tal ha debido iniciar un tratamiento sicológico que la ayude a superar el trauma provocado por la situación extrema que le tocó vivir, sus hijos han dejado de salir por las suyas y sólo lo hacen acompañados, y él mismo, el señor Tal, ha debido recurrir a las pastillas que nunca tomó, para poder conciliar el sueño. Para peor, no faltó que a pocos metros de su casa, poco tiempo después, también otra familia haya sido atacada, dejando a una señora mayor gravemente herida.
Hay cosas que en un familia surgen no se sabe de dónde y en éste caso, tal parece haber sido respecto de la idea de armarse. En un casa donde nunca hubo arma alguna, en donde el hombre nunca disparó una bala, ahora sí descansa en el cajón de la veladora del señor Tal una reluciente pistola, la más moderna y confiable que el armero le pudo recomendar como elemento de defensa.
Es noche de domingo, todos han retornado de sus actividades, con excepción del hijo del señor Tal que anda de viaje con sus amigos. Han cenado los tres, mientras su esposa y la hija han puesto toda su atención en uno de esos insufribles programas de chimentos televisivos, el señor Tal ha comenzado a preparar su lunes en la soledad del escritorio, al abrigo de una buena música. Su esposa ha venido, hace minutos le parece a él, a decirle que ella y la chica se van a acostar y como es costumbre, le ha preguntado si se demorará mucho en subir. El señor Tal ha dicho que no, que en unos minutos sube al piso superior, allí donde están los dormitorios. Justo cuando está cerrando el estudio y se dispone a subir, encuentra a su esposa que baja, en puntas de pie y con cara de preocupación, diciéndole ha escuchado ruidos en el jardín del fondo, hacia donde dan las ventanas del estar y el comedor. El señor Tal ha apagado la música y a él también le parece escuchar ruidos, sin duda, hay gente que anda allí detrás de sus ventanas, ya dentro del jardín. Le pide a su señora apague las luces, sube las escaleras de dos en dos y en menos que canta un gallo está nuevamente en la planta baja con la flamante pistola en la mano. Le pide a su señora suba nuevamente a acompañar a su hija, mientras él da una recorrida por el fondo. Acaba de abrir una de las puertas que le conducen a la barbacoa y en el medio, la tan querida pileta de los veranos, cuando escucha un grito penetrante, de esos que a uno le penetran por los oídos pero parecen taladrarle la propia columna, como si hubiera recibido una descarga eléctrica. Atina a gritarle a su esposa, convencido el o los invasores están en la planta alta y por ello ha gritado, que se quede donde está y enfila raudo hacia la escalera.
En penumbras llega al pie de la misma justo cuando una sombra baja como un bólido desde el piso superior. La reacción es inmediata, instantánea, casi un acto reflejo. Levanta el arma y dispara. El seco estampido le ensordece y se pierde rebotando en cada rincón de la casa, mientras el bulto emite un ronquido de animal herido y rueda escaleras abajo, hasta quedar casi a sus pies. El señor Tal está petrificado. Ha disparado y no sabe cómo ni a quién. Es la esposa quien enciende las luces que devuelven el contorno y volumen a las cosas. Allí a sus pies, rota, quebrada, cual muñeca de trapo a la que han quitado el relleno, su hija se desangra y en su mirada pide una explicación. La que no habrá, la que no tendrá él, ni su esposa, ni nadie podrá tenerla nunca.
Ojalá hubiera sido ficción.

domingo, 25 de septiembre de 2011

El sombrero marrón



A Q. , siempre presente



Es una fresca mañana del invierno en retirada; casi a la vuelta espera una primavera que se resiste a sentar sus reales, aunque el sol penetra a borbotones por la puerta ventana del estar, donde las niñas juguetean desde temprano, casi de madrugada para mi cuerpo obligado a levantarse antes de tiempo, aún cuando los huesos agradezcan la deferencia porque la dureza de la camita improvisada para visitas, me haga recordar durante un buen rato que no estoy en mi casa.
Desde hace días estoy en casa de mi madre, pequeña vivienda acorde a sus reducidas necesidades de persona mayor, a la  que he ido a visitar luego de mucho, demasiado tiempo, y junto conmigo pero antes, lo hicieron mi hermana y sus pequeñas hijas, aunque bien es cierto, por motivos, los de ella y los míos, muy distintos.
Estos han sido días muy intensos, no porque hayamos hecho gran cosa, pero sí porque ellas – mi madre y mi hermana- y yo teníamos, y por cierto tenemos aún, tantas cosas por decirnos y contarnos, y las largas charlas, interrumpidas por los inventos de la menor de mis sobrinas, -diablillo de escasos cinco años que parece tener energía para hacer media docena de cosas a la vez- esas charlas decía, tanto tiempo postergadas, con tanta vida vivida por cada una,  permeadas del pasado común que creíamos tan lejano y, sin embargo y a despecho de tantos años transcurridos, está ahí nomás a la vuelta de los recuerdos como si hubiera sido ayer nomás y les pone una carga emocional a la que he estado esquivando largo tiempo.
Con mis hijas ya mayores, tan mayores que me cuesta creerlo aunque el vientre que crece día a día de una de ellas es la mejor prueba de ello, encontrarme con éstas dos niñas, nacidas y criadas tan lejos, por cuestiones que sería largo de contar, apenas conocidas antes por fotos y videos caseros, los terremotos  que crean cada día a medida van descubriendo ese su nuevo y tan distinto mundo, me llevan a mí misma a verme madre otra vez de esas niñas pequeñas.
Son días de pérdidas, porque cada una de las mujeres que convivimos allí arrastramos las propias, algunas definitivas y otras tan sólo el tiempo lo dirá, y esas pérdidas a todas nos marcan y condicionan, cada una con sus pasados y sus futuros, sueños y fracasos, rencores viejos y desconfianzas largamente arrastradas. Es que a las pérdidas se suman las ausencias que a veces duelen como si fueran para siempre, y algunas de ellas, sospecho así lo serán aunque ninguna de nosotras nos animemos a confesarlo y asumirlo, entre ellas las de los hermanos que viven lejos, cada uno con sus propias vidas, pero presentes entre las nuestras, toda vez ellos también fueron, y son, actores de ese pasado compartido. Y luego están las rupturas, tantas que ya me produce fatiga y hastío recordarlas, un día una de ellas, al día o al año siguiente otra, pero siempre recordándome que esto de las relaciones humanas, está condicionado siempre por la precariedad, por más que yo me haya considerado inmune a mal tan extendido. Estos días, sin embargo, han venido a ponerme frente a un espejo en el que no querría haberme visto nunca y recordarme que nada de lo humano me podría ser ajeno, y esto que parecía pasarle sólo a las demás, pero nunca a mí, también era posible. Se entiende entonces, mi ánimo no sea el mejor, disimulado apenas por la alegría de las niñas, ellas mismas cargando sus abandonos, pero dueñas del optimismo fundacional de una vida que apenas se inicia.
He desayunado ya, la última de todas como es ya la norma, y me he sentado en el viejo sillón frente a la soleada ventana con mi bolsa de labor para seguir tejiendo, con mi infaltable aguja de gancho, la ilusión del vientre que augura nueva vida en unos pocos meses que, para mí, se están haciendo años. Sueño despierta con ver esas minúsculas prendas rosadas, blancas, amarillas, rellenas por un rosado y regordete cuerpecito que adivino perfumado, con ese inconfundible aroma de la piel recién estrenada, tan lejana en la matriz de mis olfatos que se me antojan le sucedieron a otra persona y no a mí misma, décadas atrás, cuando era mi propia nariz la que rozaba una tierna cabecita de leve cabello y los labios se posaban una y otra vez sobre la tersura de una bebé que hoy va para madre.
A escasos metros míos, en la cocina, trasiega mi madre con los preparativos del almuerzo, en tanto mi hermana se ha ido hacia su reciente trabajo de dependiente de comercio, luego de tantos años, otra vez como al principio con nuestro padre detrás del mostrador, ahora haciendo para otro lo que no supimos hacer para nosotras mismas, pero es ya harina de otro saco y más vale dejarla en paz antes levante demasiada polvareda.
Las niñas han salido corriendo y golpeando puertas hacia el patio trasero, allí donde un par de estupendos pinos sombrean un patio de corta grama, en cuyo centro reinan unas hamacas y sube-y-baja de hierros mal pintados, con las que ellas se entretienen largo rato.
El sol está ya alto y la mañana se presenta luminosa, por eso veo a la distancia la desolada callejuela que separa las dos hileras de idénticas viviendas hasta la calle misma, por donde a ésta altura de la mañana, el tráfico es aún escaso. Contesto casi mecánicamente a mi madre cuando me lanza sus preguntas desde sus dominios de ollas y fuegos, que sí, que no, que tal vez y sigo dándole vueltas a mis personales preocupaciones, aquéllas que dejé en mi propia casa con mi marido estando en ella, tan presente como siempre pero más ausente que nunca. Así son las cosas, tanto tiempo, tanto que creemos conocernos, sólo para comprobar, cuando menos lo pensamos, que nada, siempre estamos aprendiendo y empezando, que lo único definitivo es lo que, inexorable, nos espera al final del camino, muy a mi pesar, cada vez más cerca, por más que pensemos esté aún lejana.
La placidez del panorama ante mi vista, concentrada en la labor, se ve repentinamente interrumpida por las siluetas de dos personas que lenta, pero indudablemente, se dirigen hacia la puerta de entrada, justo a mi derecha, a no más de dos metros de donde estoy sentada, sin que haya podido ver de dónde han salido, pero esa simple mirada me basta para darme cuenta se trata de mi padre y mi tía María, hermana de mi madre y por tanto, cuñada de aquél, ella apoyada en su retorcido bastón de madera, quienes con paso lento y dubitativo han llegado hasta la puerta y donde, seguramente, esperan les abra.
Me levanto sin atinar a esbozar palabra alguna, mientras la aguja sorprendida se cae de mis manos rígidas y rueda entre las baldosas del piso, y me dirijo a la puerta, tan cerca que no podrían ser más de tres o cuatro pasos, pero que a mí, mi mente literalmente asaltada por un malón de imágenes que hasta hace unos instantes ni soñaba, se me hace una camino eterno.
Abro, o creo abrir la puerta, y allí está, es él, mi propio padre. El corazón me da un vuelco, siento en mi pecho una cabalgata desenfrenada y la tía, si está como creo haberla visto, ahora ha desaparecido ante la figura ligeramente encorvada, vestida con esas mismas prendas que creo haberle visto la última vez que estuve junto a él, y encima de su cabeza el infaltable sombrero marrón, que desde que los tiempos que conservo en la memoria, eran parte integral de su persona.
Sin pensarlo un instante me abalanzo sobre él, todavía con mi garganta negándose a poner en palabras el torrente de pensamientos que acuden atropelladamente a mi mente, y cierro mis brazos en torno a su cuerpo, en un abrazo que ahora, cuando lo rememoro, encuentro extraño porque sin que pueda explicármelo, aún queriéndolo como le quise siempre, nunca pude hacerlo. Más raro aún, es que él haya permanecido inerte, con sus brazos caídos a lo largo de su cuerpo, tanto que pasado el primer momento, cuando yo misma tomé conciencia de su rigidez, me eché para atrás para preguntarle qué le pasaba que no había respondido a mi abrazo, sólo para ver con una mezcla de dolor y espanto que él, mi padre, a quien hacía tanto tiempo no veía, no sólo no atinaba a responderme sino que su mirada vacía traspasaba mi cuerpo entero y se perdía en el vacío. Aquella mirada, que no podría nunca reconocer como la dulce, apacible, siempre alegre mirada de mi padre, me traspasó el cuerpo hasta hacerme sentir que la sangre se helaba en mis venas, pero a pesar de ello, o quizá por ello mismo, sin que atinara a nada, siquiera a avisarle a mi madre, quien seguramente se sorprendería tanto o más que yo.
De lo que sigue no logro armar un recuerdo coherente, ni explicarme lo que haya sucedido.
Cuando he recuperado la conciencia –me habré desmayado, tal vez?- sentí como si hubiera estado fuera, en un viaje del que nadie más hubo participado, mi madre seguía atareada en la cocina y como si nada hubiera ocurrido. Desde el patio llegaban las risas de las niñas y el ladrido de la perra Luna, compañera inseparable del dúo, y todo transcurría como si lo que yo había vivido hacía unos instantes, nunca hubiera sucedido. Mi mente y mi boca hicieron el intento de ensayar una pregunta a mi madre, nada más para que ella me confirmara no había sido un sueño, para mejor transcurrido en plena vigilia, pero antes que pudiera hacerlo vinieron a mi mente las imágenes de mi madre llorando frente a mi padre alejándose para siempre.
Debió tratarse de un mal sueño, pensé todavía, cuando en camino hacia el baño, sin atinar a mirar a mi madre, temerosa me hiciera alguna pregunta incómoda, y menos a decirle nada, alcancé a ver en el perchero, donde juro no haberle visto antes, el inconfundible sombrero marrón.
FIN

J.M.Jorge
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miércoles, 4 de mayo de 2011

Anoche soñé un sueño nunca soñado.

Para A.C., sencillas palabras, porque cuando de agradecer amor con palabras, la emoción hace que aún las más sencillas palabras, se tornen tarea por demás ardua.





Caminábamos tomados de la mano, nuestras pisadas crujiendo encima del manto ocre y amarillo de las hojas de los álamos abatidas por el temprano otoño, siguiendo un sendero del parque que culminaba, al final de una leve ondulación, en un diminuto lago de aguas cristalinas, sobre cuya azulada superficie, el algodón de las blancas nubes, jugaba una danza de espejos con las aguas quietas del remanso. A mi lado, mi compañera, sonreía con una sonrisa nueva, la cara encendida por un brillo nuevo, aquél que los años andados había ido apagando junto con las ilusiones del camino recién iniciado. Delante nuestro, con pasos aún vacilantes, un niño de enrulados cabellos alborotados por la brisa fresca del ocaso en ciernes, ensayaba saltos al compás de un canto sólo por él entendido, en el idioma de la inocencia que le pone alegría al aire que le rodea. Ese niño, o niña tal vez, el recuerdo se hace difuso, sólo veo delante nuestro su cuerpecito correteando, los trinos de una risa que brota espontánea y se cuela por nuestros oídos, junto con el trino de una bandada de pájaros que cruza el cielo crepuscular en busca del refugio nocturno, siento es parte nuestra, somos ella y yo, mi compañera y yo mismo, vueltos a la niñez recuperada. No hay palabras entre nosotros, solamente una larga mirada, ojos que se hablan y dicen lo que el calor de las manos enlazadas sabe decir sin abrir la boca, los mismos ojos que juntos envuelven y acarician la diminuta figura del niño que nos llama: ¡Tatines, vengan Tatines!
He transitado la mañana con el dulce sabor de boca que deja un sueño perfecto, pleno de dulzura y armonía, canción de amor y sinfonía de ilusiones, compartiendo con ella, mi compañera de décadas, la interrogante que nos plantean los sueños que no sabemos dilucidar. Ella y yo intuimos, sin embargo, ese niño que así nos llama: ¡Tatines, vengan Tatines! , sólo puede ser nuestro nietecito, nieto que sabemos ambos, ella y yo, no tenemos. Es claro, nos decimos ambos, sabiendo que ambos lo pensamos sin animarnos a confesárnoslo, no es más que la proyección de un deseo común, largamente acariciado, más siempre postergado.
A la noche llega nuestra hija, mujer joven ella, orgullo de padres depositado en un ser humano de riqueza infinita, diamante que a cada movimiento su particular luz refleja reflejos siempre nuevos y sorprendentes.
Es ella misma la que ahora, con sus hombros abrigados por el abrazo de él, el compañero que ha elegido para caminar juntos, quien con los diminutos zapatitos de lana tejida en sus manos de niña aún, con los ojos encendidos como dos carbones en brasas arrasadas por la emoción, las mejillas surcadas por lágrimas que adivino dulces como almíbar cristalina, las que brotan cuando nos desborda el corazón los sentimientos largamente guardados, la que nos dice “padres, estoy embarazada, serán abuelos, esperamos para el quince de diciembre” , anuncio que así dicho parece una más de las cosas que a lo largo de la vida han de suceder, pero que para ella, nuestra hija, ayer mujer sólo mujer, ahora madre con plazo determinado, nosotros, sus padres, ahora ya abuelos de lo que en ella es tierno brote, cambiarán por obra y milagro de ese momento, cuando la vida se hace vida dentro de su vientre, toda su vida y nuestra vida toda.
En aquél instante, mirando entre lágrimas las de mi compañera, su cara mezcla de sonrisa y llanto emocionado, mirada que me dice, nos decimos, el sueño hasta anoche nunca soñado, es lo que ahora es tiempo de dulce espera, expectante, temblorosa, ansiosa, milagrosa espera hasta el día señalado, cuando ella o él, tanto da, surja a la vida en su primer día, el que nos hará por un instante que será eterno, tanto como vida nos quede a ambos, los seres más felices del universo, con la felicidad íntima, intransferible, de quien se siente prolongado en un par de ojos abiertos al asombro del milagro de la vida revivida.
Ahora, cansado por la emoción contenida, deseo irme a la cama, cerrar mis ojos, sabiendo que cuando el sueño retorne de su reino de fantasía, traerá con él una promesa de realidad que antes creímos sólo podría ser soñada y nada más.

sábado, 16 de abril de 2011

Mal día para despertar





Sus dedos, torpes aún sin la ayuda de los ojos legañosos, entrecerrados por el sueño, reptaron hacia la mesa de noche donde, ignorante de él, descansaba el teléfono móvil en cuyo interior, oh maravilla, aguardaba la agenda del día, que despertado en un sobresalto, le urgía consultar.
El teléfono se sintió malamente empujado fuera de la mesita donde dormía y quitada violentamente su base de apoyo, se puso a rebotar en el suelo, cual pelota de goma que no era, dejando en el primer impacto parte de su cubierta, en la segunda alguna de sus vísceras para en el tercero y definitivo salto, que le llevó derrengado a situarse debajo de la silla, donde impasible su ropa observaba la escena, deteniéndose definitivamente destruido.
Ahogó la imprecación que subía por su garganta, la que con el ruido habría despertado a su mujer, obligándole a sumar una molesta explicación al fastidio de haberse quedado sin ayuda, que le indicara cuál era la cosa tan importante que le había arrancado del sueño, dejándolo librado a la siempre frágil memoria. Molesto consigo mismo, buscó con sus pies las pantuflas bajo la cama, y a tientas salió rumbo al baño, metiéndose a la ducha que se encargaría de llevarse, junto con los restos de sueño, el incipiente malhumor. Nada de eso. Éste habría de crecer, porque por más que girara el grifo del agua caliente, desnudo ya bajo el duchero, ésta caía ignorante de su temperatura en estado natural, es decir, fría. Ahora, sólo en el baño, no debió ahogar imprecación alguna, pudiendo insultar soezmente sin reservas, mientras tiritando terminaba de sacarse el champú de la cabeza y con él, lo que quedaba del sueño terminado abruptamente.
Bajo la espuma que cubría su cara, mientras los pensamientos se habían perdido en los meandros de sus inquietudes postergadas por unas horas, las tres hojas cortantes de la maquinilla bajaban por la barba, en un gesto repetido trescientas veces al año, sólo que el ardor finísimo y el punto rojo debajo de ella, denotaban el corte que, allí estaba, se había infligido, punto más para aumentar la creciente irritación. Irritación que se vería reforzada al encontrarse en la cocina con que café no había y de las últimas tres naranjas, de donde saldría el infaltable jugo de la mañana, sólo una había resistido el paso del tiempo.
Se vistió como pudo, pensando que éste no era de los días que figurarían en su vida como de los mejor iniciados, despachó una botellita de yogur por todo desayuno, y puso la llave en la cerradura, que abierta le franquearía la puerta, traspuesta la cual estarían los cuatro tramos de escalera que le llevarían a la puerta de calle, y de allí, cincuenta metros más allá, cruzada ésta por la esquina, la parada del bus en el que, dentro de exactos diez minutos estaría, en medio de otros tantos soñolientos y malhumorados pasajeros, yendo hacia su oficina. Pero la cerradura, ésta mañana, había decidido no girar, dejándole encerrado. Puteó a gusto, olvidado ya si su mujer despertaba o no, mientras forcejeaba con la maldita llave que, provista de una voluntad propia hasta ahora desconocida, se negaba a abrirle la puerta. Sólo después de sentir sus dedos doloridos de tanto hacer el inútil esfuerzo, sacó la llave, reparando entonces, no era esa la que la cerradura esperaba, porque la que tenía delante de sus ojos, correspondía a la puerta de calle. Un poco más de malhumor, mientras cambiaba de llave y ahora sí, como por arte de magia, la cerradura giró dejándole la puerta en condiciones de ser mansamente abierta. Salió presuroso al pasillo y de allí a poner el primer pie en el escalón, primero de los seis del primer tramo, que repetidos en los tres restantes, daban los veinticuatro que le separaban del suelo, sin reparar en que, bajo la suela de sus zapatos, crujía algo que luego, parecían granos de arroz desparramados por algún malhadado vecino. Sintió cómo su pié izquierdo salía despedido al vacío, mientras el derecho no atinaba a sostenerle repentinamente abandonado a esa tarea, dejándole con sus posaderas violentamente depositadas en el filo de un escalón y de allí, resbalando dolorosamente hasta detenerse en el primer descanso. Abruptamente, sintió que un intenso dolor subía desde el coxis hacia su espalda toda, mientras su cuerpo era invadido por el mismo recorriéndole piernas y brazos, pero cegado por la rabia e impotencia, sacó fuerzas de flaqueza y como pudo, se incorporó bajando uno a uno los restantes dieciocho escalones, ahora firmemente agarrado al pasamanos que antes había ignorado.
Marchó hacia la puerta, mirando en su reloj de pulsera, los minutos avanzaban inexorables indicándole estaba a punto de perder el autobús que a esa misma hora ya debía estar en la parada, dejándole a la espera del próximo en media hora o más, con lo que una odiada llegada tarde, preámbulo de incómodas explicaciones, se abría ante su furiosa mirada.
Dejando de lado dolores y presagios, salió disparado hacia la esquina, en donde el autobús comenzaba a moverse hacia el centro de la calzada, haciéndole desesperadas señas al conductor para que le esperara, ignorante éste de nada que se moviera en su entorno, salvo lo necesario para llegar a su destino, sólo para volver a comenzar el recorrido que día a día, durante más de veinte años, cada mañana y tarde realizaba al volante del vetusto transporte.
Presa del apuro, cegado por la furia de los inconvenientes que uno a uno se le habían ido atravesando desde que intentó abrir los ojos, obnubilado para pensar en aquello que alguna vez leyó que la prisa es vana si de la paciencia no va acompañada, no reparó en el intenso bermellón de la luz superior del semáforo, puesto a su frente en la acera hacia la que debía cruzar, y dio uno, dos y hasta tres pasos hacia aquélla, sin saber luego qué le sucedió, salvo el estruendo del impacto y un momento antes de perder el conocimiento de sí mismo, la sensación de volar por los aires, su cuerpo todo metido en una vorágine de choques y frenadas.
Lentamente comienza a emerger la conciencia de una noche plagada de sueños, que siente adheridos a su cuerpo como una segunda piel. Su mano avanza hacia la mesilla de luz, pero en el camino tropieza con el frío metal, sus dedos dubitativos recorren el medio arco de la rueda derecha de una silla de ruedas recostada a esa misma mesa, donde al fin logra encontrar el teléfono móvil que le sirve de reloj despertador, tan igual, pero tan distinto del suyo, que no cree pueda ser el mismo. En uno de los sueños que permanecen agazapados en su memoria se ve a sí mismo, treinta y tres días con treinta y tres horas después – cómo explicar un recuerdo con tanta exactitud sino por el capricho que los sueños suelen tener- mientras su mujer maniobra la silla de ruedas hacia la acera, bajando la rampa del hospital hacia la ambulancia que desde allí, le devolverá a su hogar de segundo piso, y en sus manos el tacto del frío metal es el mismo que acaba de sentir en la piel al dar con la rueda de la silla junto a su cama.